Me despierto, hacía tiempo que no dormía tan bien. Es como volver a estar en casa... Espera, estoy en casa. Miro a mi alrededor. Mi habitación sigue igual como la dejé, no me llevé todo a California. Encima del escritorio hay una estantería con trofeos de natación, algunos libros y fotos con mis amigos de aquí. Tengo que ir a visitarles ahora que he vuelto. El ordenador tiene pegatinas de gatitos, estrellitas, alguna que otra de los Backstreet Boys... Sonrío y me incorporo lentamente. Miro la hora en el móvil, son las 12 del mediodía. Me acuerdo de Ian, seguramente esté despierto ya. Salgo de la cama y me miro en el espejo del armario, que también tiene alguna pegatina que otra por ahí, me arreglo un poco el moño despeinado y salgo de la habitación. La puerta del cuarto de invitados está abierta, pero no hay nadie. Se oye el ruido de la ducha en el baño. Ian se estará duchando. Mis pensamientos empiezan a subir de tono y meneo la cabeza, para quitármelos de encima. Me voy al otro baño, el que está en la habitación de mi padre. Antes de entrar veo en la pared de la habitación un cuadro con una foto de mi madre y mi padre. Me alegra que no lo haya quitado, y me alegra saber que Elena lo comprende. Se me humedecen los ojos, pero no quiero llorar.
Veo que no hay nadie en casa, solo estamos nosotros dos. Me he bebido un colacao y voy por el pasillo a mi habitación cuando Ian sale del baño, con una toalla en la cintura y el torso algo húmedo. Casi se me descuelga la mandíbula. No lo había visto desnudo de cintura para arriba en persona. Pero que bueno está por dios. Me ruborizo y hago grandes esfuerzos para apartar la vista de sus abdominales.
-Bu... Buenos días. -Le saludo.
-Buenos días. ¿Disfrutando de la vista?
Me pongo aún más colorada y él se ríe a carcajadas, paso al lado de él dándole un puñetazo suave en el hombro, algo enfadada y me dirijo a mi habitación. Noto que tiran de mí por la cintura y me encuentro de cara a Ian, pegada a él. Tiene la piel ardiendo por la ducha. De repente yo también estoy ardiendo, con el pulso y la respiración acelerados.
-No te enfades, era broma.
Hago un mohín.
-No me enfado.
-Sí lo has hecho.
-Que no. -Suspiro.
Intento olvidar que lo tengo desnudo pegado a mí, que solo nos separa una toalla. Acerca su boca a mi cuello y me empieza a dar besos, yo cierro los ojos y ahogo un jadeo. Va subiendo por mi mandíbula hasta acabar en mi boca y me besa con intensidad. Con una mano le toco la mejilla y la otra la poso en su fuerte espalda, le araño con suavidad y el gime ligeramente. Me empuja hacia atrás, contra la pared y me sigue besando. Nuestras respiraciones se mezclan. Bajo mi mano de su mejilla hacia abajo, recorriendo su torso, sus abdominales... Se oye la puerta del ascensor y las voces de mi padre y Elena. Ian y yo nos separamos y nos miramos alarmados.
-¡Corre! ¡Métete en la habitación! -Le empujo el pecho.
-Sí, señora. -Me da un último beso en los labios y se va al cuarto.
Me arreglo un poco el pelo y hago como que voy al comedor cuando se abre la puerta.
-¡Hombre! -Dice mi padre-. La costumbre de dormir hasta las tantas cuando puedes no se te quita.
Le sonrío, aún algo acalorada.
-Hola Blair. -Me saluda Elena.
-Hola. -Le sonrío también.
-¿Y tu novio? -Pregunta mi padre.
-En su cuarto, acaba de salir de la ducha.
La expresión de mi padre cambia, no sé identificarla. Me mira de arriba abajo y al ver que llevo el pijama aún se queda mas tranquilo, porque se relaja al instante. "No, papá, no nos hemos duchado juntos. Aunque ganas no me han faltado...".
Estamos los cuatro alrededor de la mesa del comedor, tomando un café. Son alrededor de las 4 de la tarde. Estamos teniendo un acalorado debate sobre si deberíamos cenar pizza o hamburguesa cuando suena un móvil. Supongo que es el de mi padre porque se pone rígido, nos miramos. Se levanta de golpe y corre a la cocina. Aguzo el oído para ver que dice y distingo algo como "Si" "Lo entiendo" Muchos "ajás" Y un "allí estaremos mi hija y yo" al final. Me levanto y voy a la cocina, mi padre se da la vuelta y me mira.
-¿Qué pasa? -Pregunto.
-Eran los de la fuerza y cuerpo de seguridad. Quieren hablar con nosotros esta tarde, sobre las 6.
Suelto el aire que tenía retenido.
-¿No te han dicho nada más?
-No.
Me rodea el cuello con un brazo, me da un beso en la frente y así nos dirigimos de vuelta al comedor.
Ian, mi padre y yo estamos en una sala de espera, sentados. Esperando a que nos llamen. Elena se ha ido a trabajar. Tengo un tic nervioso en las piernas y no puedo dejar de moverlas, de lo nerviosa que estoy. Ian, que está a mi lado, me coge la mano y entrelaza sus dedos con los míos. Me aprieta la mano suavemente para intentar calmarme. De una puerta sale un hombre trajeado, alto y delgado, con cara de cansado.
-¿Señor Cooper? -Mira a su alrededor hasta que le localiza con la mirada, a la vez que mi padre y yo nos levantamos de golpe.
Mi padre carraspea.
-Sí.
-Pasen, por favor.
Mi padre se adelanta a mí, miro a Ian.
-Te esperaré aquí.
Le miro unos segundos más y él asiente con la cabeza, dándome ánimos. Me doy la vuelta y entro en el despacho del hombre. Cuando entramos cierra la puerta y se acerca a su mesa.
-Siéntense, por favor.
Hacemos lo que nos dice, todo a la vez, como si estuviéramos sincronizados. El hombre se sienta y se inclina hacia delante, juntando sus manos encima de la mesa.
-Me llamo Héctor Acosta. Y llevo el caso de Marta Ugarte. Hicimos revisión de casos que quedaron sin resolver y el de su mujer estaba entre ellos.
-¿Quiere decir que ya sospechaban algo así desde el principio? -Pregunta mi padre.
-Sí, lo sospechábamos. Pero no llegamos a ninguna parte, por lo que lo archivamos.
Me empiezo a encender por dentro.
-¿Por qué no nos dijeron nada? -Intervengo.
-Solo eran sospechas, y como he dicho, no llegamos a nada. Por lo que no quisimos preocuparles.
-Teníamos derecho a saber. -Digo.
-Lo sé, y lo siento. Pero lo hicimos por eso.
Decido callarme.
-¿Y qué es lo que tienen? -Pregunta mi padre de nuevo.
-Las frenadas que había en la carretera no eran del coche de Marta, si no de otro. Reconocimos el modelo y hicimos una investigación sobre los propietarios de ese modelo de coche. La lista era muy larga y la reducimos a los que tenían antecedentes. Eso nos facilitó mucho el trabajo. Hemos estado investigándolos a todos estas últimas semanas y tenemos un posible sospechoso.
-¡¿Quién?! -Salto.
-Blair. -Me reprende mi padre-. Continúe, por favor.
-Bien, no sabemos aún su nombre real, pues ha estado cambiándolo constantemente. El último que ha sido registrado es Jorge Casares. -Dice mirando un papel en su mesa y cogiendo su foto, acto seguido nos la muestra.
Me lanzo hacia ella y prácticamente se la arranco de las manos. Es un tipo mayor, de unos cuarenta y pico años. Tiene el pelo negro y se le empiezan a notar las entradas. Sus ojos son marrones muy oscuros y penetrantes. Me estremezco solo de mirarle y se la paso a mi padre, que la mira detenidamente. Después se la devuelve a Héctor.
-La semana pasada encontramos su apartamento. O más bien su antiguo apartamento. Ya no vive ahí, pues hemos estado vigilando la propiedad y nadie ha entrado. En una de las habitaciones encontramos recortes de diferentes periódicos sobre el accidente de Marta y fotos de ella antes de morir, sola, con usted, -señala a mi padre- con su hija, los tres juntos... Seguimos buscándolo, pero está resultando complicado. Es muy escurridizo. Cumplió condena cuando tenía 20 años por agresión, y unos años más tarde por violación y no es el único caso así de él. Los demás delitos que ha cometido han sido menores. Pero como he dicho, es difícil encontrarle.
-¡Pues inténtenlo mejor! -Grito.
-Hacemos lo que podemos, señorita Cooper.
Mi padre me agarra el brazo y deja su mano ahí, para tranquilizarme. ¿Cómo puede mantener la calma?
-Tenemos algunas pistas, pero es todo lo que os puedo contar, el resto es confidencial. En cuanto sepamos algo, os volveremos a llamar.
Bueno, algo es algo.
-Bien, muchas gracias señor Acosta.
Los tres nos levantamos, mi padre y Héctor se estrechan la mano, yo hago lo mismo. Héctor nos acompaña hasta la puerta.
-Créanme, cogeremos a ese cabrón.
Salimos del despacho y me dirijo a Ian que se ha levantado de un salto y se dirige a mí. Prácticamente corro hacia él y me lanzo a sus brazos. Oigo que mi padre habla por teléfono y la puerta de Héctor se cierra. Ian me acaricia el pelo con delicadeza.
-¿Cómo ha ido?
Separo la cabeza de su pecho para mirarle.
-Tienen un sospechoso. -Intento contener las lágrimas que amenazan con salir.- También tienen algunas pistas para encontrarle, pero no ha querido contarnos nada más.
-Le cogerán, ya lo verás. O si no lo haré yo mismo. -Veo que aprieta la mandíbula con rabia.
Vuelvo a hundir la cara en su pecho, oliendo su aroma y dejo caer mis lágrimas.
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