.

jueves, 30 de julio de 2015

Capítulo 40.

Ian

-¡¿Cómo que no se sabe nada?! -Golpeo la mesa con el puño, furioso.
Y asustado. Muy asustado. Necesito encontrarla.
Me encuentro hablando con el inspector Dayle, en su despacho. Han pasado 3 horas desde que Matt me llamó. Él también está a mi lado y estamos perdiendo el tiempo, estos payasos no saben nada. No sé que pintan ejerciendo este trabajo.
-Lo que le estoy diciendo. -Dice Dayle sin perder la calma. Como ya sabréis la estábamos vigilando, al estar bajo protección. Pusimos un agente en la salida del trabajo y otro cerca de su casa. Ella no llegó, por lo que pasó en medio del trayecto. Se nos escapó.
-Que se les... -Matt se interrumpe en medio de la frase y se coloca el puño cerrado entre los dientes, supongo que para no gritar.
-Miren no es un tipo fácil de coger. Desde su última detención, hace nueve años no se le ha vuelto a ver. Hacemos lo que podemos.
Matt se dispone a decir algo, a juzgar por su expresión, algo poco agradable. Le pongo una mano en el pecho.
-No, déjalo. Vámonos. -A continuación me dirijo a Dayle-. Llámenos si sabe algo, por favor. -Digo más calmado.
-Por supuesto.
Salimos del despacho y seguidamente al calor de la calle, en pleno Junio. No sé qué hacer, estoy totalmente perdido. Si la policía no ha podido hacer nada en todo este tiempo, ¿qué voy a poder hacer yo? Matt apoya la espalda en la pared.
-Voy a matar a ese hijo de puta. -Dice.
-¿Al inspector?
-No, el cabrón que la tiene. -Se pasa la mano por el pelo, nervioso.
La ama, y mucho. No sé si Blair lo sabrá pero Matt no ha dejado de quererla. Hace tiempo que lo sé.
-Lo único que podemos hacer ahora es esperar.
Matt suspira.
-Eso es lo que me mata.

Blair

Han pasado dos días y sigo en la misma habitación, sin poder salir. Por suerte la habitación tiene baño. Por la mañana Jorge me trae el desayuno, al mediodía la comida y por la noche, la cena. No me ha vuelto a dirigir la palabra y me estoy empezando a desesperar. ¿Qué es lo que alarga tanto? Si quiere matarme, ¿por qué no lo hace de una vez?
Me levanto de la cama y me dirijo a la estantería que hay encima del escritorio. Elijo uno de los libros, Orgullo y prejuicio, y vuelvo a tumbarme en la cama. Lo que me sorprende es todo esto, tengo libros en la habitación y un armario lleno de ropa exactamente de mi talla, incluso ropa interior. No entiendo nada. Si no fuera porque estoy encerrada con llave parecería que estoy de vacaciones. Aún así tengo miedo, siento que es peor que como si me tratara igual que en mis pesadillas.

Por la tarde, lo supongo por la posición del sol en el cielo. Oigo una llave girando en la cerradura. Cierro el libro y me incorporo en la cama. Aún no es la hora de cenar.
Jorge abre la puerta, con la misma expresión que no transmite nada. Es como si no sintiera. Le miro sin comprender, asustada por su mirada.
-¿De verdad no sabes quien soy?
Niego con la cabeza porque no me salen las palabras. Él entra en la habitación, sin cerrar la puerta. Gran error. Evito que mis ojos se dirijan allí, no quiero que adivine mi siguiente movimiento. Puedo salir corriendo, puedo escapar. Se sienta a mi lado en la cama y rehuyo su mirada, por lo que me miro las manos.
-¿Tu madre no te habló de mí? -Dice mirándome mientras le sube y baja el pecho muy rápido, se está empezando a enfadar.
-¿Por qué me hablaría de ti? -Digo con voz ronca, con rabia y me muerdo la lengua para no soltar una risa histérica, menudo cabrón.
Inesperadamente me coge del pelo y tira de él para obligarme a mirar esos oscuros ojos.
-Me llamo Iván Ugarte. ¿Te suena de algo?
Se me para el corazón. Claro que me suena. Iván es el hermano de mi madre, mi tío. Mi tío muerto. No puede ser él, este pirado que me retiene en su casa a saber dónde.
-Mi tío está muerto. -Mi voz apenas sobrepasa un susurro.
Él deja libre mi pelo y suelta una carcajada. Para en seco y se queda mirando el vacío. Entonces empieza a hablar.
-Esta casa... -Dice mirando toda la habitación- Esta casa lo vio todo.
Clava otra vez esa mirada en mí, un escalofrío me recorre la espalda.
-Tus abuelos nunca tuvieron tiempo para nosotros, al menos para mí. El trabajo era lo primero y cuando eramos niños lo comprendía, pero conforme pasaba el tiempo... Dejé de entenderlo.
>>Ángela fue contratada cuando yo tenía ocho años y tu madre nueve, para cuidarnos. Al principio todo fue bien, pero a medida que pasaba el tiempo, ella se enfadaba conmigo por cualquier tontería, siempre me echaba la culpa a mí y yo me callaba. Igual que Marta.
Yo ahogo un jadeo al oír el nombre de mi madre.
-Mas adelante Ángela empezó a abusar de mí, me pegaba. Con cualquier cosa que encontraba, lo que más le gustaba era el cinturón... Cuando me dejaba marcas a mis padres les decía que me había caído jugando fuera de casa. Tu madre lo veía todo, y no dijo nada. Yo no le dije nada a mis padres porque temía que la niñera se enterara y sus palizas fueran peores.
Su expresión no se altera lo más mínimo mientras cuenta la historia.
-Un día, estábamos de vacaciones en la casa del lago. -Señala la habitación-. Mis padres decidieron invitar al niñera como agradecimiento por cuidarnos. Mi hermana y yo fuimos a jugar al lago, nos metíamos dentro y hacíamos carreras. Ella se cansaba rápido y yo llegue al otro lado del lago sin detenerme. Me gire para mirar si Marta me seguía, pero no. De repente noté que algo me agarraba de la cabeza y me sumergía en el agua. Luché contra ello pero finalmente perdí el conocimiento.
>>Cuando lo recobré me encontraba en una especie de ataúd. Estaba tan confuso que ni sentía miedo. Poco después me sacaron de ahí, estaba en la morgue de un hospital, y vi el rostro de Ángela. -Se encoge al recordarlo, yo me quedo sorprendida por esa muestra de emoción- Sin decir palabra me agarró y me sacó del hospital a toda prisa. Yo no entendía nada. Cuando llegamos a un motel me dijo que se supone que yo estaba muerto. Nunca volvería a ver a mis padres ni a mi hermana. Todo fue a peor, ya no tenía que tener cuidado con dejarme marcas por si mis padres las veían.
>>En cuanto cumplí quince años me escapé. Conseguí sobrevivir a base de robar. Se me daba bien y cuando me pillaban bueno, soportaba bien el dolor.
Escucho con expresión de espanto la historia y no sé que responder. Iván se vuelve para mirarme. Carente de emociones de nuevo.
-Tu madre siempre fue la favorita. Incluso lo fue de Ángela y por eso se ensañó conmigo. Ella tuvo una vida perfecta y yo vivía día a día aterrado por lo que pasaría después.
Tengo un mal presentimiento de lo que va a venir a continuación.
-Pasaron los años e investigué sobre mi hermana. Tenía una vida perfecta, con un marido perfecto y una hija perfecta. Mientras que yo no tenía nada, por su culpa. No se lo merecía, por lo que un día, cuando volvía del trabajo la intercepté en la carretera. Ya está, se acabó, tuvo lo que le correspondía.
Las lágrimas. Lágrimas de dolor, de rabia, empiezan a acumularse en mis ojos. Finalmente se desbordan y me empiezan a temblar las manos.
-Mas adelante pensé, en ti, llevas su sangre, estás igual de maldita que ella. No podía dejar que hicieras algo parecido a lo que ella me hizo a mí. Así que aquí estás. -Se encoge de hombros, como si todo esto fuera natural.
Está loco, es un monstruo, es una persona vacía. Pienso en mi madre y en lo que le hizo, lo que nos provocó a mi padre y a mí. Alargo la mano izquierda hacia el libro que estaba leyendo, y cogiendo todo el impulso que puedo, lo estampo contra su cabeza, haciendo que caiga al suelo, rápidamente cojo la lámpara de la mesita y la tiro con fuerza otra vez contra su cabeza. Sin detenerme salgo por la puerta y corro hacia las escaleras, que recuerdo cuando me sacó de la habitación vacía.
Bajo al piso de abajo, pero la puerta no está ahí, corro hacia la izquierda y me topo con un salón enorme. Tampoco está la puerta ahí. El pulso me late en los oídos y me impide oír si me sigue. Miro a mi alrededor y encuentro una puerta corredera, al fondo del salón, será la puerta de atrás. Corro hacia allí y me enredo con el pestillo, la abro con fuerza y corro al exterior. No sé dónde estoy pero sigo corriendo dejando atrás árboles y más árboles. En un momento noto una punzada en la espalda, pero no le hago caso y sigo corriendo. A medida que corro se me va nublando la vista y me fallan las piernas. No, no, tengo que salir de aquí. Finalmente caigo sobre la tierra y pierdo el conocimiento.

No hay comentarios:

Publicar un comentario